Discurso de la presidenta Von der Leyen para la Conferencia de Embajadores de la UE 2022
Muchísimas gracias, Secretaria general, querido Stefano:
Excelentísimos señores embajadores:
Estimados jefes de las oficinas de representación:
Jefes de misión:
Señoras y señores:
Es para mí un verdadero placer reunirme por fin con ustedes en persona. Este año, como he podido viajar a algunos de sus países, he tenido la oportunidad de comprobar de primera mano el excelente trabajo que están realizando sobre el terreno. Son ustedes quienes están llevando Europa al mundo, y quiero expresarles mi sincero agradecimiento por esa labor, porque es sumamente necesaria y porque están haciendo un trabajo excelente en estos dificilísimos tiempos.
Algunas de las visitas que hemos organizado juntos quedarán por siempre grabadas en mi memoria. Una de ellas fue mi primer viaje a Ucrania en el mes de abril. Estoy segura de que también Matti lo recuerda muy bien. Cuando llegamos a Bucha, los soldados rusos acababan de salir de la ciudad. Vimos hileras de cadáveres metidos en bolsas. Vimos fosas comunes pegadas a una iglesia. Un horror y unas imágenes que nunca olvidaré. Pero cuando regresé a Kiev este año, en junio y en septiembre, vi un país deseoso de volver a la vida y a su rutina habitual. Por eso se han reparado carreteras y puentes. Las tiendas estaban de nuevo abiertas. Vimos gente en las calles. Eso me convence de lo siguiente: aunque los misiles rusos estén volviendo a caer sobre las ciudades ucranianas, no conseguirán quebrantar el ánimo de los ucranianos, esto es seguro. Fíjense en lo que ocurrió el lunes por la mañana en las estaciones de metro de Kiev, quizás lo hayan leído. Los miles de personas que se habían refugiado en sus túneles empezaron a cantar. Canciones de esperanza, canciones de orgullo, canciones que les dicen a los rusos: no tenemos miedo. Y nosotros, la Unión Europea, debemos seguir apoyando a Ucrania de forma incondicional durante el tiempo que haga falta. Como venimos haciendo desde febrero. Nuestra respuesta a la invasión ha sorprendido no solo a Putin, sino pienso que al mundo entero. En cuestión de días, preparamos las primeras sanciones, un primer paquete al que siguieron ocho paquetes consecutivos de sanciones para no dejar ningún cabo suelto. El último de ellos, en respuesta a los referendos fraudulentos celebrados en los territorios ucranianos ocupados. Hemos apoyado a Ucrania con fondos que suman hasta 19 000 millones de euros desde que empezó la guerra, y esto no incluye lo que está aportando el Fondo Europeo de Apoyo a la Paz, el equipo con capacidades militares y las armas. Hemos concedido pleno apoyo y una protección temporal inmediata a los refugiados ucranianos que han venido a la Unión Europea. Creo que han sido más de 8,1 millones de refugiados los que han venido a la Unión Europea. Unos cinco millones han regresado a Ucrania y eso es también una buena señal. Pero causa asombro ver la rapidez con que reaccionamos para acogerlos. La gente abrió sus corazones y sus hogares. Les dimos de inmediato la protección temporal, que significaba acceso al mercado laboral, acceso a las escuelas y acceso a la asistencia sanitaria, por ejemplo. Hemos despejado los corredores solidarios que han permitido a los agricultores ucranianos seguir alimentando al mundo, y el 60 % de los cereales ucranianos sale del país a través de nuestros corredores solidarios europeos. Estamos reparando las escuelas y liderando conjuntamente el esfuerzo de reconstrucción. Y hemos concedido, con entusiasmo, el estatuto de país candidato a Ucrania: creo que es un trabajo del que todos podemos sentirnos orgullosos. Demuestra esencialmente lo que podemos lograr con unidad y determinación. Y debemos mantener nuestro rumbo, especialmente ahora que la guerra entra en una nueva fase.
La anexión ilegal de cuatro regiones ucranianas por parte de Rusia hace que el desafío contra el sistema internacional adquiera una dimensión completamente nueva. Putin ha ocupado territorios soberanos ucranianos mediante un acto de agresión no provocado. Ha obligado a la gente a votar a punta de pistola. E incluso ha amenazado con recurrir a las armas nucleares si los ucranianos recuperan las tierras que les pertenecen. Esta amenaza no solo es preocupante para los vecinos de Rusia. Es un ataque contra la Carta de las Naciones Unidas en su integridad. En su discurso sobre la anexión, Putin llegó a preguntarse: «¿Quién ha aceptado un orden mundial basado en normas?» Lo aceptaron los rusos. Así fue. Lo aceptaron cuando firmaron la Carta de las Naciones Unidas, al igual que todas las demás naciones del mundo, y cuando negociaron el Acta Final de Helsinki. El orden mundial basado en normas es patrimonio del mundo. Es el mejor antídoto contra una inestabilidad perpetua en todos los continentes. Y todas las naciones del mundo lo ven así. Es interesante observar que incluso algunos de los aliados más cercanos de Rusia están cuestionando la guerra que ha elegido Putin y se niegan a reconocer los referendos fraudulentos. La Cumbre de Samarcanda, en la que China e India expresaron claramente su preocupación ante la guerra, resultó un fiasco para Rusia.
Pero no hay margen alguno para la autocomplacencia a este respecto. El fracaso de Rusia, por sí solo, no salvará al orden mundial basado en normas. Porque el revisionismo del Kremlin no es la única amenaza, ni la más grave, que se yergue frente a él. La llamada «asociación sin límites» declarada por Vladimir Putin y Xi Jinping constituye también un claro desafío para el orden establecido en la posguerra y construido sobre los valores fundamentales de la Carta de las Naciones Unidas. Como cabe suponer, estamos observando atentamente los resultados del Vigésimo Congreso del Partido Comunista de China para detectar cualquier cambio en la posición internacional de ese país. Con independencia de esto último, hemos de neutralizar este reto mundial; hemos de restablecer la confianza en nuestros objetivos mundiales y en nuestras normas mundiales y en los valores universales que residen en su núcleo. Y todos sabemos que esta no es una tarea fácil. El mes pasado estuve en las Naciones Unidas y escuché, al igual que ustedes hacen cada día en su trabajo, las inquietudes expresadas por países de todo el mundo. Muchos países consideran que la economía mundial y el sistema internacional no les están aportando beneficio alguno. Algunos incluso se han creído la propaganda rusa que trata de desviar la culpa de las causas de las crisis energética y alimentaria. Por lo tanto, todos los que estamos en esta sala tenemos la obligación de hablar alto y claro en defensa de la verdad. Sé que eso es lo que ustedes hacen, infatigablemente, todos los días. Sé que es duro. Sé que es un trabajo arduo. Sé que a veces se sienten agotados y quizás piensen: «Es que eso ya lo he dicho una y otra vez». Y precisamente quiero darles las gracias por eso, porque esta es la esencia de su trabajo y la esencia de la confianza en la Unión Europea, que se construye en el exterior.
Estoy convencida de que Europa debe defender siempre los valores en los que creemos y apoyar a quienes luchan por ellos. Por ejemplo, las valientes mujeres iraníes que reclaman libertad e igualdad. Una joven ha sido asesinada por la llamada «policía de la moral». Miles de manifestantes pacíficos están siendo golpeados y detenidos: hombres y mujeres, abogados y periodistas, activistas y ciudadanos de a pie. Se oye un clamor por la igualdad y los derechos de la mujer. Y nuestro mensaje debe ser de una claridad meridiana: debemos reclamar el fin de la violencia. Las mujeres deben tener la oportunidad de elegir. Y debemos pedir que rindan cuentas quienes ejercen la represión contra ellas. Por eso creo que es el momento de sancionar a las personas que sean responsables. La inadmisible violencia infligida al pueblo iraní no puede quedar sin respuesta. Y tenemos que trabajar juntos en las sanciones. Pero hay más.
En estos tiempos de transformaciones y turbulencias, Europa debe estar todavía más presente en la escena mundial. Debemos consolidar nuestra capacidad de proteger nuestros valores. Debemos tender puentes hacia todos los países, desde las democracias que nos son afines hasta aquellos que posiblemente compartan algunos de nuestros intereses sobre materias específicas. Por eso, quisiera hoy extraer algunas conclusiones sobre nuestras formas de colaborar con diferentes socios. En primer lugar, con las democracias afines. En segundo lugar, con los futuros miembros de nuestra Unión. En tercer lugar, con los países de nuestra vecindad en sentido más amplio. Y, por último, con los países de todo el mundo, como medio de promover nuestros intereses y de fomentar nuestros valores en la escena mundial.
Permítanme que empiece con los socios afines. Este año he vivido la cooperación más intensa con la Casa Blanca que jamás he conocido. Es una cooperación que hemos construido desde el inicio del mandato del presidente Biden, cuando conseguimos encontrar una solución a los inveterados escollos que ustedes conocen, como los aranceles aplicables al acero, el litigio Airbus-Boeing y las garantías aplicables a los flujos de datos. Esta cooperación se fortaleció todavía más en el período previo a la invasión rusa. Estuve en Washington en el mes de noviembre, cuando empezaban a aumentar las tensiones en nuestras fronteras orientales; recuerden Bielorrusia. Vimos cómo crecía la amenaza y confirmamos nuestro apoyo a la independencia y la integridad territorial de Ucrania. De modo que ya desde principios de este año preparamos las sanciones con la Casa Blanca. Y cuando Ucrania fue invadida por Rusia estábamos listos para actuar. Coordinamos nuestras sanciones, ronda tras ronda. Incrementamos nuestra coordinación en materia energética y los suministros energéticos en ambos lados. El acuerdo sobre GNL que había alcanzado con el presidente Biden fue una enorme ayuda y, en efecto, incrementaron su suministro de GNL a la Unión Europea, lo que nos permitió diversificar nuestras fuentes y apartarnos de los combustibles fósiles rusos. Y, ahora mismo, el vínculo transatlántico es más fuerte que nunca en un momento crucial para Europa. Pero no estoy hablando solo de nuestros amigos de los Estados Unidos, sino de todos nuestros socios afines. Este núcleo de democracias afines comparte nuestros valores y nuestra visión del mundo. Son nuestros socios más naturales para todas las cuestiones más acuciantes de nuestra época.
Permítanme que mencione tres de estas cuestiones. En primer lugar, la energía. Como todos ustedes han podido comprobar, Rusia sigue utilizando sus combustibles fósiles como arma contra nosotros. Y el apoyo de socios afines como los Estados Unidos y, por ejemplo, Noruega ha aumentado enormemente y nos ha ayudado a salir de nuestra muy peligrosa dependencia. Permítanme que les cite dos datos: al principio de la guerra, el 41 % del gas de gasoducto que importábamos era procedente de Rusia. Actualmente, en solo ocho meses, ese porcentaje se ha reducido al 7,5 %. Esto constituye un cambio inmenso. Porque esta es una reducción enorme, una reducción necesaria. Nunca lo hubiéramos logrado si no hubiera sido por nuestros amigos y socios más cercanos, como por ejemplo Noruega y los Estados Unidos, con el suministro de GNL.
Ahora tenemos que colaborar de forma todavía más estrecha con estos mismos socios para mitigar el precio de las importaciones de gas. Porque todos vemos que, en conjunto, debido al comportamiento ruso de cortar los suministros de gas a la Unión Europea, la energía escasea en el mundo. El mercado está muy tenso y los precios están por las nubes. Por eso hemos iniciado conversaciones con Noruega. Queremos encontrar acuerdos que puedan ser beneficiosos para ambas partes. Nuestros socios tienen interés en asegurarse contratos a largo plazo, obviamente con nosotros, el mayor mercado de la Tierra, y al mismo tiempo en invertir en energías renovables. Los noruegos dicen: si bajamos los precios, disminuirán los ingresos destinados al fondo soberano, que es para la próxima generación. Así que le estamos quitando algo a la próxima generación. Estudiemos juntos el asunto de las renovables. Y nosotros, por supuesto, tenemos interés en frenar los disparatados picos de los precios de la energía, y avanzar al mismo tiempo también en nuestra transformación hacia las energías renovables. Tenemos numerosos puntos en común. Segundo ejemplo: las inversiones internacionales. Los Estados Unidos y otros socios comparten nuestro enfoque, apoyado en valores, de la inversión en infraestructuras. Tenemos los mismos objetivos: por ejemplo, acelerar la transición hacia una energía limpia o reforzar la asistencia sanitaria en los países en desarrollo. Así pues, ¿por qué no asociarnos con ellos en proyectos conjuntos y para inversiones complementarias? Esto es exactamente lo que estamos planeando junto con los Estados Unidos. El presidente Biden y yo nos proponemos convocar una cumbre de dirigentes que permita impulsar de verdad una agenda de inversión basada en valores para todo el mundo. Volveré sobre ese proyecto, conocido como Global Gateway, más adelante. Pero antes quisiera mencionar el tercer ejemplo que muestra lo importantes que son estas medidas que adoptamos con nuestros mejores amigos: las materias primas. El litio o los metales de las tierras raras, por ejemplo, son vitales para nuestra transición ecológica y digital. Sin ellos, no puede haber turbinas eólicas ni paneles solares. La demanda de esas materias aumentará exponencialmente. Con toda certeza. En primer lugar, esa es una buena noticia que muestra que la transición ecológica está avanzando. Eso es bueno. La noticia no tan buena es que un solo país domina el mercado mundial: China. Además, estos recursos deben extraerse siempre de manera responsable, ese debe ser nuestro objetivo, tanto para el medio ambiente como para las comunidades locales. Así pues, parte de la solución consiste en incrementar nuestra cooperación con socios afines como Canadá, Chile o Australia. Juntos, podemos procurarnos los recursos que necesitamos y promover un enfoque basado en valores para la extracción de materias primas. Debemos movilizar nuestro poder colectivo para conformar los bienes mundiales y el mundo del mañana.
Voy a continuar, en segundo lugar, con los futuros miembros de nuestra Unión. Hace un año, visité los Balcanes Occidentales. Me resultó evidente que nuestros adversarios ven los Balcanes Occidentales como un tablero geopolítico. Su objetivo es introducir una cuña divisoria entre los Balcanes Occidentales y el resto de Europa. Sin embargo —y eso es reconfortante—, la inmensa mayoría de los ciudadanos de los Balcanes Occidentales aspira a formar parte de la Unión Europea. Por eso, debemos aumentar la credibilidad de nuestro proceso de adhesión. Este año, la apertura del proceso de adhesión y de las negociaciones con Albania y Macedonia del Norte supuso un verdadero hito, por fin. Y llegar fue difícil, cuando menos, pero ahora ya estamos ahí y eso es importante. Debemos asegurarnos de que cada paso positivo que dé un país lo acerque realmente a la Unión Europea y, en paralelo, debemos impulsar aún más la integración de nuestras economías. Hace un año, caminé por un puente financiado por la UE que conecta Croacia con Bosnia y Herzegovina. Vi los proyectos ferroviarios, las escuelas, los hospitales y las guarderías que la Unión Europea estaba financiando en toda la región. Este tipo de participación es más pertinente, si cabe, en la actualidad, pues las secuelas de la guerra energética de Putin también están afectando a la región. Hace dos semanas, asistí en Sofía a la inauguración de un nuevo interconector de gas con Grecia que no solo abastecerá a Bulgaria, sino también a Macedonia del Norte y a Serbia. En un momento en que los Balcanes Occidentales piden nuestro apoyo ante el duro invierno que se avecina, así es exactamente como debemos responder: contrarrestando la influencia extranjera en Europa mediante una mayor cooperación y una perspectiva europea más sólida. Ucrania y Moldavia son ahora candidatos a la adhesión. Y hoy, en la decisión del Colegio, hemos propuesto conceder el estatuto de país candidato a Bosnia y Herzegovina. También hemos reconocido la perspectiva europea de Georgia. Vuelven a soplar «vientos de cambio» por toda Europa y tenemos que captar este ímpetu. Tenemos que impulsar este ímpetu. Los Balcanes Occidentales pertenecen a nuestra familia y esto es algo que tenemos que dejar muy, muy claro. Es un poco como en la década de 1970, cuando España, Portugal y Grecia eligieron la democracia. O cuando los defensores de la libertad derribaron el muro de Berlín. Lo recuerdo con toda nitidez. Por supuesto, corresponde a los países candidatos reformar sus economías y sus instituciones y avanzar hacia nuestra Unión. Pero es nuestra responsabilidad apoyarlos de todas las formas posibles. Creo que este es el momento de Europa. Y tenemos que aprovecharlo.
Excelentísimos señores embajadores:
Nuestros vecinos se enfrentan a los mismos retos que nosotros. La agresión rusa, la inseguridad energética, el cambio climático y las amenazas a nuestras sociedades abiertas. Es urgente trabajar junto con todos ellos, incluso con los que no aspirar a formar parte de nuestra Unión. Este es el tercer ángulo desde el que quiero plantearme la posible colaboración con distintos socios. De hecho, es lo que condujo a la primera reunión de la Comunidad Política Europea en Praga la semana pasada. Cuarenta y cuatro países se han juntado en torno a un programa común. Cuando se trata de la seguridad europea, de las transiciones ecológica y digital y de la defensa de nuestro modo de vida democrático, todos compartimos una misma percepción en cuanto a nuestros objetivos. Me alegró mucho, por cierto, que también nuestros amigos británicos decidieran unirse a la iniciativa. Eso es bueno.
Tenemos mucho trabajo que hacer juntos. Pongamos por ejemplo nuestro acuerdo trilateral en materia de energía con Egipto e Israel alcanzado en junio: ha desempeñado un importante papel en nuestra estrategia para apartarnos de los combustibles fósiles rusos. Pero mis visitas al Cairo y a Jerusalén no se limitaron ni mucho menos a la cuestión del gas. Porque nuestro objetivo sigue siendo abandonar progresivamente los combustibles fósiles, y los países mediterráneos encierran un inmenso potencial de energía renovable. Por ejemplo, hemos puesto en marcha una asociación sobre el hidrógeno que parece tan prometedora para Europa como para Egipto. Y, a la vez, estamos trabajando en la misma dirección con otros países del norte de África. Porque sabemos que necesitamos la energía; necesitamos energía renovable; necesitamos el hidrógeno. Y esos países del norte de África tienen en abundancia todos los recursos que son necesarios. Así que, de repente, esta crisis energética a la que estamos asistiendo en este momento causa un inmenso movimiento tectónico en la región porque estamos diversificando nuestros suministros para apartarnos de Rusia. Y permítanme que les dé tan solo un dato: antes de la guerra, la Unión Europea representaba el 75 % de la demanda mundial de gas de gasoducto. Pues esta inmensa demanda se está desplazando de Rusia y orientándose hacia el Sur mundial, no solo ahora en busca de combustibles fósiles, de los que tenemos necesidad inmediata, sino sobre todo mirando hacia un futuro que está hecho con energía renovable, que es limpio y en el que tienen —al otro lado del Mediterráneo— los recursos en abundancia. De modo que Europa puede fomentar y acompañar su transición desde una economía basada en los combustibles fósiles hacia un futuro de cero emisiones netas. Esa es la oferta de Europa a los terceros países, empezando por nuestros vecinos. Se basa en nuestros intereses y nuestros valores europeos y está concebida para aportar beneficios duraderos a los países que opten por tratar con nosotros.
Por supuesto, como he dicho, no se ciñe únicamente a la energía. En El Cairo anuncié también que invertiríamos 3 000 millones de euros en mejorar los sistemas alimentarios de la región. Millones de personas en Oriente Medio y el norte de África se enfrentan ahora a las consecuencias de la guerra de Putin sobre los cultivos ucranianos. Precisamente con ánimo de hacer frente a esa crisis hemos abierto los llamados corredores solidarios para las exportaciones ucranianas. Ya se han exportado a través de ellos más de diez millones de toneladas de cereales, semillas oleaginosas y otros productos ucranianos. Hoy en día, más del 60 % de las exportaciones ucranianas de alimentos dependen de estos corredores, y el 30 % de las exportaciones ucranianas de cereales se destina inmediatamente a países de renta baja y media de África, Oriente Medio y Asia. Así que creo que es muy importante que dejemos las cosas bien claras: ha sido Putin quien ha provocado con su guerra la crisis alimentaria y es Europa la que está trabajando para ponerle fin. Y ese es el relato que tenemos que transmitir todos juntos.
Oriente Medio y el norte de África también se enfrentan, claro está, a un problema de seguridad alimentaria a largo plazo. Ustedes saben que la agricultura local debe adaptarse al clima cambiante, y la tecnología moderna ofrece un gran número de soluciones: desde el riego de precisión hasta la agricultura vertical, pasando por los nuevos cultivos adaptados al cambio climático. Ahora bien, hay que llevarlas a la región. Pues Europa puede contribuir tanto con inversiones como, por supuesto, con conocimientos especializados de categoría mundial. Esa es la razón por la que hemos reservado 7 700 millones de euros solo hasta 2024 —lo que supone mucho dinero en poco tiempo— para reforzar la seguridad alimentaria. Los países de toda nuestra región tienen una necesidad urgente de transformar sus economías para hacer frente a los retos de una nueva era. Y la mayor virtud de nuestra Unión ha sido siempre su poder transformador: nuestra capacidad para promover el progreso económico y social a través de la cooperación.
Este es el espíritu con el que debemos intensificar también nuestra implicación en Asia Central. La región es una pasarela entre Europa, Rusia y China y está atravesando una era de turbulentas transformaciones. Algunos países están impulsando reformas que parecían impensables hace tan solo unos meses, y merecen todo nuestro apoyo político y económico. Por eso es el momento de reforzar nuestra interacción económica con Asia Central y ofrecer alternativas para que la región esté conectada a la economía mundial. Deseo que Europa sea un socio para el cambio en Asia Central. Porque la geopolítica mundial también está cambiando. Ustedes saben que las placas tectónicas se están moviendo. En épocas como estas, debemos estar preparados para navegar en aguas desconocidas. Debemos salir de nuestra vecindad inmediata y de nuestro círculo de aliados tradicionales. Creo que solo de ese modo podremos contribuir a configurar el futuro de esas regiones en rápida evolución y marcar una diferencia positiva en la vida de millones de personas.
Esto me lleva a mi cuarto y último punto sobre la presencia de Europa en el mundo. A principios de este año tuve la oportunidad de visitar Senegal y de reunirme con un grupo de jóvenes empresarios. Me hablaron de todos los obstáculos a los que se enfrentan, pero me sorprendieron la gran energía y el gran talento que estos jóvenes africanos, y en concreto de Senegal, tenían y mostraban. A continuación visité el proyecto nacional de fabricación de vacunas, que estamos financiando a través de nuestro programa de inversión Global Gateway. Un lugar en el que está tomando forma la independencia farmacéutica de África, con el apoyo de Europa. Se trata de vacunas de ARNm producidas en África para África. De modo que eso es justo lo que tenemos que hacer. Ha transcurrido un año desde que pusimos en marcha nuestro programa de inversión Global Gateway. Desde entonces, la demanda de un programa de inversiones en infraestructuras sólido y basado en valores no ha hecho sino aumentar. En primer lugar, la COVID-19 ha puesto de relieve la urgencia de invertir en sistemas sanitarios resilientes, pero también —entre otras cosas— en las infraestructuras digitales. En segundo lugar, cada vez son más los países que se enfrentan al aumento de los precios de la energía y de los alimentos. Y, en tercer lugar, la crisis de deuda de «la Franja y la Ruta» está en su apogeo. Decenas de países están enormemente endeudados con China. Ocho de ellos —desde Angola hasta Laos— dedicarán en 2022 más del 2 % de su renta nacional bruta al pago de esa deuda.
Nuestro programa de inversión Global Gateway pretende ofrecer a los países mejores condiciones, darles una alternativa. Las inversiones serán sostenibles, no solo para las finanzas de nuestros socios, lo cual sin duda es importante, sino también para el medio ambiente y, por supuesto, para las comunidades locales. Tienen que beneficiarse de ellas. Antes he mencionado nuestra inversión para la fabricación de vacunas en África, proyecto que ahora estamos extendiendo también a América Latina. Hay muchísimo por hacer. Por ejemplo, estamos financiando nuevos corredores de energía y transporte en África. Invertiremos en la generación de energía limpia, en la electrificación de las zonas rurales y en el establecimiento de conexiones entre las regiones sin litoral y las grandes ciudades de la costa. Pensemos también en la región Asia-Pacífico, donde la huella de la inversión china es muy profunda, naturalmente. Un buen ejemplo de nuestra actividad se encuentra en nuestra nueva asociación para una Transición Justa con Vietnam, cuyo objetivo es acelerar la transición desde el carbón hacia las energías renovables. Esto supone un inmenso salto adelante, y nosotros lo estamos apoyando. Y estamos apoyando al Estado del Pacífico de Kiribati para que construya un nuevo puerto que aporte nuevas oportunidades a una de las islas sin perjudicar al frágil medio ambiente. Global Gateway representa, por tanto, la oportunidad de poner fin a dependencias malsanas y de invertir en asociaciones entre iguales. Esa es nuestra oferta al mundo: 300 000 millones de euros de inversiones potenciales. Ahora bien, necesitamos los proyectos adecuados, los proyectos maduros. Y ahí es donde ustedes nos son indispensables. Son ustedes quienes conocen las regiones. Son ustedes quienes conocen a los socios. Necesitamos su asesoramiento y sus conocimientos, y sé que puedo contar con ellos.
Aquí es donde su papel como embajadores es tan crucial. Son ustedes, en definitiva, nuestros oídos sobre el terreno. Europa les necesita, necesitamos sus conocimientos, necesitamos su experiencia especializada, necesitamos sus conexiones con las regiones, puesto que ustedes lo saben todo en las regiones. Europa necesita que localicen ideas y proyectos para Global Gateway que puedan marcar una verdadera diferencia para nuestros países socios. Y ustedes se encuentran en una posición única para reunir a nuestros Estados miembros —que son parte de Global Gateway— en torno a estrategias comunes y a prioridades comunes. Todos sabemos lo importante que es estar presentes en las regiones en las que ustedes son embajadores, para mostrar que hay una voz europea en diálogo con nuestros socios. Por eso, a la hora de reunir a los Estados miembros, de aunar el nivel europeo, confío plenamente en ustedes porque son quienes pueden conseguirlo. Todos sabemos que debemos hacer más, juntos. Más que nunca, nuestro destino, el destino de Europa, depende de nuestra proyección mundial. La guerra en Ucrania se decidirá, ante todo, por la acción de los valientes combatientes ucranianos en Jersón, Járkiv y la primera línea del frente, eso lo sabemos, pero la decidirá también nuestra respuesta mundial a la agresión de Rusia. Necesitamos que todos los continentes se alcen en defensa del orden basado en normas. Porque el orden basado en normas pertenece a todas las naciones del mundo. La guerra en Ucrania no es solo una guerra europea; es una guerra para el futuro de todo el mundo. Por ello, el horizonte de Europa no puede ser sino el mundo entero. Y, verdaderamente, cuento con ustedes para que prosigan su excelente labor y hagan llegar nuestra voz y nuestros valores a todos los rincones del mundo. Permítanme que les desee una excelente conferencia. Muchas gracias por su atención.
Y con este espíritu: ¡Larga vida a Europa!